miércoles, 21 de enero de 2015

HUÉSCAR



                                     

                                              Huescar en el recuerdo. Facebook                             

  
                  
                                 
                                                               


Me trae el recuerdo una sonrisa. 
Entre suaves vientos de melancolía, jugando sobre montones de paja en la era, llevando en volandas las correrías tras una pelota o escondiendo la picardía en una esquina; llevo un saco lleno de fantasía arrastrado por un triciclo. 
Danzando me cubre una ilusión, entre los lilos por donde caminan mis suspiros, entonando una alegre canción. 
El patio de colegio se llena de alegres voces. 
Qué cerca me rondan los sonidos que un día llenaron mis emociones, de alegría, de dicha, de entusiasmo y de ensueño jugando con la imaginación.  
Ronronea un gato entre amables caricias.  
Con el ánimo lastimado percibo la deuda que mi corazón reclama. Dócilmente un susurro se balancea como un eco entre mis sentidos, alertándome de la tristeza que en silencio anida en mi interior. 
Cantan bailando las campanas.                                              
Añorando los gratos sonidos de la floresta, los sueños sobrevuelan los almendros y la percepción se relame al verse entre montañas, coquetas y redondeadas por la caricia de los años. Lentamente las lágrimas resbalan pendiente abajo con el peso de la amargura por unos paisajes perdidos, por los rostros abandonados, por los sentidos desperdiciados, por los afectos desaprovechados.                                                                                                   Cuando la ausencia marca dolorosamente el paso del tiempo, el olvido tiende a tapar con subterfugios y engaños la entrada a la cueva encantada, donde se esconde asustada la alegría de la inocencia.
El timbre de la bicicleta anuncia la salida.
Espolvoreados los caminos por carros de ilusiones, ramifican las arterias que portan el sudor de la tierra labrada, de los huertos multicolores, del cómplice balanceo del trigal, y la perenne fortificación del olivar que con su presencia disuade cualquier avance del barbecho.                                                     Junto al vuelo del águila planean mis anhelos, vertiginosamente acobardados ante la magia de la tierra que atrae con suma intención cualquier destello de abandono y me hace sentir como el traidor que ha renunciado a su pasado, que desprecia su memoria y ataca sin contemplación la ingenuidad de la niñez.
La nostalgia me castiga con alevosía, y sin pudor pretende arrodillarme ante los chapoteos en el agua, me lleva por los frutales coloreados con vivos óleos, por los bancos de un parque donde una cabra postrada en piedra, contempla cómo las sonrisas fluyen descaradamente sin control y allí en los escondites de los rincones extraviados, la timidez aloja un beso.  
Saltando me transporta por cada pisada que dejé marcada y que no desaparecerán hasta borrarlas con otras nuevas.                                                    En el campanario solo se oye el gorjeo de las palomas.